Un paso importante para ser señores de nosotros mismos es el de sobreponernos a la pereza, un virus silencioso pero eficaz, que puede paralizarnos poco a poco si no lo mantenemos a raya. La pereza se hace fuerte en quien no tiene un norte, o también en quien, teniéndolo, no se pone a andar en esa dirección. Poner la cabeza en lo que requiere nuestra atención, evitar huir de lo que suponga un poco de esfuerzo; no dejar para después lo que podemos hacer ahora…sobre esos hábitos sí se construye una personalidad ágil, recia y serena.
Madurez de la personalidad significa aquí ponderación, orden en nuestra actividad. Para que la vida no se nos lleve por delante con sus infinitos requerimientos, nos servirá tomar la iniciativa para distribuir nuestra actividad en los tiempos adecuados, es decir, planificar –sin cuadricularnos- dando prioridad a lo que debe estar en primer lugar y no a lo que surge en cada momento. Así evitamos que lo urgente se coma lo importante. Lógicamente, no es preciso programarlo todo, pero sí evitar que la improvisación lleve a perder tiempo porque simplemente nos dedicamos a salir al paso de lo que nos ocurre durante el día.
Poner nuestra profesión al servicio de los demás, de su desarrollo y felicidad, el trabajo alcanza todo su sentido. Al actuar así, cubrimos un espectro que nos beneficia a todos: hacemos una buena labor que nos edifica como seres humanos, y al mismo tiempo contribuimos al desarrollo de otros: colaboradores, clientes o familia.
En nuestro día hay algunos momentos clave que podemos fijar de antemano: la hora de acostarnos, la hora de levantarnos, los tiempos que vamos a dedicar exclusivamente a Dios y los que vamos a dedicar exclusivamente a nuestra familia, la hora de trabajar, la hora de las comidas…, Después está todo el campo de hacer bien lo que debemos hacer, con rendimiento, atención y perfección, es decir con amor. Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces. Se trata, a fin de cuentas, de un programa que no encorseta, porque se ordena a un fin grande: hacer feliz a Dios y a los demás. A la vez, ese mismo amor que nos mueve a regirnos por un horario nos indicará cuándo el plan tiene que “saltar”, porque lo exige el bien de otra persona, o por tantos otros motivos que se presentan con claridad a quien vive cara a Dios.
La metodología más eficiente que está en nuestras manos para educar a nuestros es el ejemplo.

Extracto del libro “Ser quien eres”, Rialp 3ª edición, capítulo de José Benito Cabaniña y Carlos Ayxelá.